sábado, 29 de noviembre de 2008

Nocturnos

I
Su nuevo estado le parecía maravilloso. En un breve instante entre la noche y el amanecer habían desaparecido, de pronto, todos sus miedos. Ahora ya no tenía que temer nada. Tenía tiempo. Siempre había tenido miedo del tiempo. De la brevedad. De al morir dejar algo inconcluso, dejar pendientes todas aquellas cosas que anhelaba conocer su infinita curiosidad, de dejar de buscar en algún momento, para siempre, para toda la eternidad. Aquel para siempre la abrumaba. No podía pensarlo sin que su cuerpo se revolviese en un estado de furiosa rebeldía, gritando desde algún rincón ¿por qué no puede ser? No anhelaba el poder de los dioses, no quería ningún poder en absoluto, sólo quería tiempo, no vivir con prisas, poder prescindir del límite para saborear cada cosa con calma, sin sentir a cada momento que estaba renunciando a demasiadas cosas por vivir sólo una.
Ahora todo eso ya no importaba en absoluto. Tenía tiempo. Tenía mucho tiempo. Toda la eternidad se hallaba, sin que ella acabase de ser consciente del todo, tocando con su existencia el infinito. Su palidez le pareció hermosa; la palidez fría de la muerte, que en realidad, no lo era; simplemente su cuerpo había cambiado. Y su mente había crecido. Demasiado y demasiado rápido quizás, pero se acostumbró enseguida. Su palidez se parecía a la calma que en ese momento sentía.
En su vida, nunca había permanecido tranquila, se encontraba siempre en un estado de búsqueda insaciable, en un intento por romper los límites, persiguiendo algo desconocido o inalcanzable que sabía de antemano que no tendría nunca, pero eso no importaba. Importaba sólo buscar y la satisfacción de vivir en la búsqueda. Ahora ya no hacía falta. Podía seguir, sí, pero sin buscar nada. Lo tenía. Era eterna. Pálida y eterna. El placer que sentía era indescriptible. Él también era eterno. Y pálido. Mucho más pálido que ella; y aquella blancura tan hermosa la fascinaba. Lo contemplaba, serena, agradecida, en su estado apacible. Estaba sentado, muy quieto, ante el gran
fuego de la chimenea y sus labios parecían brillar, rojos, en una sonrisa muy suave, casi imperceptible.
Él sintió su mirada y se giró lentamente, sin variar su expresión, hacia ella.
- ¿Por qué me has hecho? –le preguntó- ¿Ha sido por la soledad?
- No –dijo él -Nunca he temido la soledad. Me gusta, ha sido una de las cosas que siempre he deseado, estar solo. Estar solo y ser libre es algo muy parecido y siempre sueño con la libertad. No ha sido eso. Has sido tú. No podía soportar que algún día dejaras de existir. La soledad tiene su esencia cuando no existe otra persona con la que compartir, con la que comunicarse. Tú eres diferente. Te prefiero a la soledad. Eres mejor.
Ella asintió ligeramente y le sonrió sin acabar de entender muy bien en qué lo sería, en qué se diferenciaba del resto y cómo él lo había percibido.
Lo había notado a lo largo de su vida. Se había encontrado, desde siempre, en un estado muy alejado de aquél en el que permanecían el resto de las personas, pero nunca había podido explicarse qué era aquello que la diferenciaba. A veces, aquella falta de capacidad para comunicarse con el género humano le había provocado inseguridad, pero ahora esa sensación desaparecía. Ya no tenía que conectar con aquella especie misteriosa a la que nunca había entendido del todo. Siempre había sido recíproco. La especie tampoco la entendía a ella. Y ahora, de pronto, un ser extraño, diferente, de otra raza, había entrado en ella, en lo más profundo de su mente y había comprendido aquello contra lo que había luchado durante toda su vida, y ese algo dejaba de ser monstruoso y se volvía suave, querido, deseado. Eso la hacía sentirse bien. Se encontraba demasiado bien y aquello le parecía extraño. La calma. La deseada calma. Se preguntó, de pronto, cómo podía quererla. No. No era eso. Lo que se preguntó en realidad fue si ese extraño ser distante y frío era capaz de querer. Intentó buscar la respuesta en sí misma. Intentó descubrir en su cuerpo, en aquel nuevo estado, alguna sensación parecida al amor. ¿Qué sentía? Lo miró durante un rato, largamente, intentando encontrar dentro de sí un vestigio de cariño, algún pequeño rastro de amor, y sintió algo, pero no era lo que estaba buscando. No era aquel amor frágil, apasionado, egoísta. Lo que sentía no tenía nada que ver con eso. De hecho, no sabía si realmente sentía algo.
- ¿Cómo queremos? –preguntó.
Él la miró y en su mirada creyó percibir un brillo divertido, como si aquella pregunta le hubiera hecho gracia.
- Es difícil -dijo entonces. Y su mirada cambió. Ya no era divertida. Pensaba en algo y por unos momentos estuvo muy lejos- ¿Cómo explicártelo? Al principio tampoco yo lo sabía. Creía que no éramos capaces. Que ese tipo de sensaciones nos estaban prohibidas. Que después de la muerte no se podía amar. No es así, pero no es como antes. Es algo más..., puedes penetrar en el último rincón, en el más profundo, en el último pensamiento y entenderlo y quererlo. Querer ese pensamiento, que es la esencia, y desear tan sólo que aquel pensamiento exista, que otro ser, otra mente creadora, esté. Simplemente eso: que esté, y poseerla a veces, y ser otras veces poseído por ella. No es amor humano. Ese dispararse de dos mentes unidas, diferentes, pero totalmente compenetradas. Ellos lo llamarían utopía. Pero nosotros podemos hacerlo. Podemos querernos así. No todos. No entre todos. La verdad es que sucede demasiado poco. En mi caso sólo ha sucedido contigo y quiero beber todos tus pensamientos, porque todos ellos me apasionan y de pronto los necesito. Por eso te he hecho.
Ella, a su lado, lo miró con una especie de extraña ternura y le acarició suavemente la mano. Entonces se giró despacio y se alejó hacia la penumbra de la habitación. “Yo no lo quiero” pensó, y el pensamiento le provocó un ligero escalofrío.
- No has de quererme –dijo él de pronto, y se sintió incómoda al percibir que él lo había sabido- No es necesario. Sólo quiero que existas siempre. Quizás algún día... Pero no debes obligarte. Eres libre. Te he hecho, pero no me perteneces. Puedes irte o quedarte. Sobre todo, antes que nada, eres libre. Eterna y libre.
Se estaba haciendo de día. “Eres libre”. El eco de aquellas palabras resonaba en su mente. Lo miró un segundo más, vio cómo con un gesto delicado deslizaba la pesada tapa del ataúd y la dejaba sola, sumergida en las sombras, con sus pensamientos, que, sin querer, se habían vuelto inquietos. “Eres libre”, siguió escuchando en su cabeza, en un suave susurro que la acompañó mientras se deslizaba hacia un estado de inconsciencia y se perdió en algún lugar remoto en un largo y profundo sueño.
II
Abrió los ojos despacio y se sintió extraño, como si algo muy importante hubiese sucedido y no pudiese recordarlo, en aquel estado de semiinconsciencia en el que se vive durante unos segundos al salir del sueño. Poco a poco las imágenes fueron llegando a su mente y una oleada de placer se fue apoderando de su cuerpo. Allí estaría ella. Quizá durmiendo aún a tan solo unos metros de distancia. Tenía tantas cosas que enseñarle. Harían tantas cosas juntos. No recordaba, en toda su existencia, haber sentido aquel deseo de compartir su solitaria vida con alguien. Pero ella era diferente, y ahí estaba. Suya.
Deslizó la tapa y salió del frío y negro ataúd. Su mirada se dirigió enseguida al otro ataúd y, de pronto, notó algo extraño. Algo andaba mal. La tapa. No estaba bien puesta. El ataúd no estaba cerrado del todo. Se acercó de un salto y lo abrió.
Una sensación de terrible angustia recorrió su cuerpo. No estaba. Y, por primera vez en su vida, al ver aquel espacio vacío sintió una soledad inmensa y sin querer, por unos segundos, se sintió traicionado, pero fueron sólo unos segundos. “Ha sido la impaciencia”, pensó, “sólo eso”.
Pero entonces recordó la noche anterior, la ausencia de ella cuando él le hablaba de amor, su distancia...“No me quiere. Anoche lo vi”. Le había dicho que no hacía falta. Que era libre. Pero en el fondo sabía que aquellas palabras no eran del todo ciertas. Sí, era libre. Pero él quería que le amara. Como él a ella. Quería compartir demasiado y le abrumaba la idea de que a ella no le sucediese lo mismo. Con un rápido movimiento se deslizó hacia la puerta y en unos segundos la noche lo envolvió todo. El frío helado hizo que por unos momentos se sintiese mejor, y en aquella calle, vacía y oscura, se quedó inmóvil durante un largo rato, dejando que la noche, el frío y el silencio lo rodearan y le trajeran, como siempre, aquel sosiego helado e imperturbable con el que tanto gozaba.
III
La primera sensación que había sentido al despertar fue un intenso deseo de salir corriendo, de huir de aquella caja fría y oscura, de aquel ser que le había dicho que la amaba, pero que era libre. Sí, era libre, siempre lo había sido y ahora, en cambio, algo la hacía sentirse atada. El amor de aquel ser extraño al que no quería, quizás. Tenía que salir de allí. Abrió la tapa y comprobó aliviada que estaba sola en la habitación. Sin perder un segundo saltó a la calle y corrió, intentando alejarse lo más posible. Quería estar sola. Quería entender, entender unas cuantas cosas, lejos de aquel que la había “hecho” y se alejó todo lo que pudo, corrió hacia los campos, lejos de aquellas calles estrechas, intentando encontrar algún lugar donde nadie pudiese molestarla.
IV
Estaba a punto de amanecer y empezaba a pensar que quizás ella no volvería. La había buscado por toda la ciudad, durante toda la noche. ¿Por qué no volvía? Le quedaba muy poco tiempo. Esperaba, aterrado, consciente de que no podía haberle pasado nada. No con su poder; pero no era eso lo que temía. No. Estaba bien. Simplemente no quería volver. Apuraba hasta el último momento. No quería estar con él ni tan sólo aquellos breves minutos que faltaban para el alba. Permanecía sentado, inmóvil, ante la inmensa chimenea y no se movió cuando la oyó entrar y deslizarse suavemente a su lado. Siguió mirando el fuego cuando ella le tomó la mano y la mantuvo entre las suyas y le dijo en un susurro casi imperceptible: “yo no te quiero. No como tú a mí. No podré hacerlo”. Entonces lo soltó y se dirigió lentamente a su ataúd. Casi sin ruido cerró la tapa y él volvió a quedarse solo ante el fuego, apurando el último segundo, intentando que el peso de aquellas palabras se hiciese ligero, y no se movió hasta que una ligera claridad empezó a quemarle los ojos. Entonces se metió en su ataúd. Y sólo durante unos segundos, durante aquel breve instante en el que se encontraba cerrando la tapa, se sintió, de pronto, muy, muy cansado.
V
La noche siguiente fue igual. Y la otra, y la otra. Ella se marchaba antes de que él se hubiera despertado y volvía pocos segundos antes de que saliera el sol. Ya no se acercaba a él. Pasaba, silenciosa, por la estancia y se metía en su ataúd sin decir una sola palabra. Él la miraba durante aquellos breve segundos, en silencio, intentando encontrar algún vestigio de amor en aquellas facciones que habían adquirido una palidez deslumbrante, una dureza terrible, y entonces buscaba en aquella mirada vacía, fría, pero no había nada. Sólo quizás, a veces, creía percibir en ella un destello de placer. De infinito poder. No la entendía. No sabía nada. Simplemente, desaparecía cada noche y cuando volvía su poder parecía haber crecido; demasiado en tan poco tiempo. Y cada noche estaba más lejos de ella.
Deseó no haberla “hecho”, volver a estar solo, con la quietud del fuego y de las sombras, y poco a poco, mientras las noches pasaban, la fue olvidando. Sólo aquellos segundos, aquellos breves segundos, en los que al volver ella, llenaba la estancia con una corriente helada, él, levemente, recordaba su existencia. Pero se acostumbró a ello también y la existencia de aquel ser, dejó, al fin, de preocuparle.
A ella, en cambio, no le sucedía lo mismo. No podía soportar verlo allí, tan sereno, paciente, acostumbrado a todo, aceptándolo todo; y cada noche, la visión de ese ser apacible, ante la chimenea, solo, brillando a la luz de las llamas le provocaba, cada vez más, una sensación extraña y terrible. No quería verlo allí, sentado, noche tras noche, para siempre. Aquella idea la obsesionaba; quería estar sola. Y al principio, sólo al principio y durante un momento que pasó demasiado rápido, se asustó al darse cuenta de lo que quería de verdad, de que lo quería todo para ella, la noche intensa, la estancia oscura, la libertad de la soledad absoluta. Para ser sólo ella. Sólo ella y la noche infinita. Y para ello, aquel ser, al que pertenecía, tenía que dejar de existir. Marcharse lejos no serviría de nada. Era todo lo contrario a lo que él había dicho. El amor que sentía hacia ella, el solo hecho de saber que el otro existía bastaba. Para ella era todo al revés.
La existencia de aquel ser le pesaba. El saber que estaba en alguna parte, que podía encontrarlo, volver a verlo, aunque se marchase lejos, la horrorizaba.
No tardó demasiado en tomar la decisión. Sabía cómo hacerlo. La luz del sol. Eso bastaba. Lo había observado. Nunca apuraba tanto el tiempo como ella, pero regresaba siempre unos pocos minutos antes del amanecer. Demasiado poco tiempo como para buscar otro lugar donde protegerse de la luz si encontraba éste cerrado. Lo haría esa misma noche y sería libre para siempre. Y la eternidad sería suya. Sólo suya.
VI
No había manera de entrar. Puertas y ventanas habían sido reforzadas de tal manera que hacían la entrada imposible. Había sido ella. La sentía allá dentro, al otro lado de la puerta, fría, helada. ¿Por qué?, ¿qué quería? No sintió miedo. Sólo una infinita tristeza. Por su propia estupidez y por la de ella. ¿Cómo podía haber pensado que no estaba preparado para algo así? Para una emergencia de este tipo. Pero no lo había esperado de ella. No de ella. Había previsto el no encontrar un día su apacible estancia, su frío ataúd, y tenía varios lugares a los que acceder en pocos segundos. Se enfureció. A la inmensa tristeza que sentía se unió una furia sin límites, una rabia intensa que intentaba desahogar el sabor amargo de la decepción que le había provocado aquella traición inesperada. Y gritó. Un grito aterrador invadió el silencioso espacio, y tras él, la nada, sólo un susurro, que suavemente, sin fuerza, en un tono de infinita paciencia, decía: “ábreme, te lo advierto”. Pero no sucedió nada. Después, el silencio.
VII
Lo había hecho. Oyó su grito. Oyó cómo gritaba enfurecido, y su suave susurro, que le pareció, quizás, demasiado resignado. Era apacible hasta en la muerte. No podía entenderlo. Nunca había entendido su serenidad, esa frialdad indiferente y monótona que, sin querer, admiraba y temía. Pero eso, ahora, ya no debía preocuparla. Se había librado de él y ahora estaba sola, y nunca más tendría que ver aquel rostro suave e imperturbable. Nunca más. Sola para siempre.
Salió a la noche y la encontró diferente, inmensa, llena. Se abría ante ella un espacio infinito para explorar, que la esperaba. Y después, más tarde, al volver, sería ella la que llegaría unos minutos antes y se sentaría frente al fuego, en apacible calma, después de la caza, después de la oscuridad...
VIII
Era su primera noche, que pasó demasiado rápida; una primera noche fugaz en la que no cazó sólo por hambre, sino por placer, y en la que se llenó de lujuria y gozo, hasta que un dulce sopor le indicó que faltaba ya poco, que debía volver. Tenía que darse prisa, así que corrió, pensando en aquella inmensa chimenea que la esperaba, y cuando llegó, cuando encontró la pesada puerta cerrada, las ventanas inaccesibles, un terror infinito se apoderó de ella, un terror helado se deslizó por todo su cuerpo y tuvo que sujetarse a algo, apoyarse para vencer el choque que en menos de un segundo se había producido en su mente. La inmortalidad y la muerte.
En un fugaz instante, en tan sólo unas milésimas de segundo, había dejado de ser eterna, y ahora, todo su cuerpo estaba comprendiendo, aterrado, que en pocos segundos iba a morir, unos segundos largos y suaves, helados, que la llevarían poco a poco a la oscuridad eterna. Para siempre.
Cayó al suelo, su cuerpo no podía soportar aquel peso, se sintió demasiado débil, y cegada por aquella claridad que empezaba a llenar las calles, sólo pudo decir en un murmullo que apenas se oía, “por favor..., por favor, ábreme... por favor...”.
Y mientras, el sol, con un brillo intenso, se posó sobre aquel cuerpo confundido que cargaba sobre él todo el peso de una terrible pérdida, demasiado instantánea, demasiado intensa para poder ser asimilada, y que mientras se quemaba soltó con todas las fuerzas que le quedaban un grito largo, aterrado, de dolor y angustia. Un grito que se perdió en el espacio inmenso sin obtener ninguna respuesta, y que, solo, libre, acabó apagándose suavemente dejando tras de sí un suave y apacible silencio.
IX
Miraba el fuego. Sólo miraba el fuego. Nada más. Mantenía su mente vacía y sólo la llenaba con el suave calor de las llamas. No quería pensar en aquel grito, ni en el silencio, ni en aquel tenue susurro que le pedía que abriera. Estaría solo siempre. No volvería a “hacer” a nadie. Sólo miraba las llamas y esperaba que algún día el dulce color del fuego pudiese llegar a devolverle la apacible caricia de la serenidad.


Cuento publicado en antología Flores nocturnas, Ediciones el taller, 2001, y en la revista Azot cienciá ficción, 1998.

Nexo Joe

I
Soy un nexo. El último creo; algo así como el último samurai pero sin espada o lo que sea que utilicen los samuráis. No sé demasiado sobre eso. Ni siquiera hay metal en mi cuerpo. No llevo armas. Yo soy un arma. O lo era en un principio, esa era mi función. Pero mi nombre no es nexo. Es Joe. Lo de nexo lo copiaron de algún libro antiguo, hasta película hicieron, de aquellas que ya tenían color pero que se veían desde afuera de la pantalla. Sin que nadie se implicara, físicamente quiero decir. Bueno, eso era cuando había películas, ahora ya no queda nada de todo aquello. Ahora ya no queda nada de nada más que yo, Joe, el ¿último? nexo. Y si eso cuenta también queda lo que busco. Personas. He visto algunos mamíferos, ¿no iban a sobrevivir sólo las cucarachas?, pero no me sirven. Hay plantas, ratones, elefantes, peces, pero ni un maldito ser humano. Y tengo hambre. Aunque todavía no hay porque desesperarse, puedo resistir bastante, unos meses, y bien pensado ¿si encuentro un ser humano de que me serviría? Sobreviviría un par de meses quizás ¿y luego? Tendría que buscar otro. Buscar y buscar, eso sería mi vida. Me convertiría en uno de ellos, buscando para nada, queriendo más y más para luego quedarme otra vez insatisfecho. Mi paz interior desaparecería. Yo no soy como ellos. Ellos eran así desde el principio, buscando comida, buscando dioses, buscando explicaciones, buscando respuestas, buscando atención, fama, dinero, productos, artefactos, religiones..., es paradójico que fuesen ellos mismos los que me creasen a mí sin esas necesidades. Un planeta provisto de alimento, o por lo menos lo estaba cuando nací yo. Sentía, claro. Siento. El sol, la luz, el lento crecer de las plantas, si disminuyo mi ritmo hasta puedo sentir el movimiento de la tierra. Podría decir que escucho las piedras, que lo oigo todo y lo veo todo, en fin, tengo la capacidad de ponerme al ritmo de las cosas. Claro, eso fue un error. Algún líquido que se les cayó cuando experimentaban con el primero. Ese no soy yo. Yo soy el último, creo. Así que la cuestión del alimento no representaba ningún problema, al contrario, la población crecía y yo pasaba los días observando a los exquisitos manjares que caminaban ante mí. ¿Y, el resto?, dioses, ideologías creencias, ansiedades, ideales, sueños..., la verdad me importan un pimiento. Y no es porque sea un nexo, como los primitivos, de aquellos que eran incapaces de sentir cualquier cosa. No. Simplemente mi vida es el sueño. No tengo sueños a futuro, quiero decir, los vivo constantemente. No entiendo como podían soportarlo los seres humanos. Lo de los sueños a largo plazo, quizás fuese su forma de mantenerse ilusionados. Yo tengo lo que tengo y me basto. Mi cuerpo contiene todos los elementos necesarios para sentirse en paz. O los tenía. Ahora tengo hambre.
He recorrido casi la ciudad entera. La ex ciudad. He caminado durante días entre estos montones de escombros. ¡¿Y el instinto de supervivencia?!, ¡¿no estaban en la cúspide?! Pero puedo tomarlo con calma. Tengo tiempo. Y si nada aparece puedo desacelerarme un poco, pasar miles y miles de años inmóvil viviendo al ritmo de las rocas. Pero, no, no puedo vivir para siempre en ese letargo, en algún momento tendría que comer, surgiría la necesidad de moverme, de cambiar de ritmo, de correr, de escuchar el lento crecer de las plantas, de moverme con el agua, de convertirme en agua... quizás he de reconocer que sí tengo algunas necesidades, no podría pasarme la eternidad totalmente quieto. Pero supongo que es normal, soy un nexo, no un Buda. Aunque parece que Buda tampoco soportó la quietud en exceso.
II
Desde aquí, desde esta ciudad perdida se ve el desierto ahora que los edificios están en el suelo. En cierta forma es una ventaja, para mí claro, ellos ya no pueden disfrutar de esta panorámica ahora que se han asesinado. ¿No tenían varias religiones que prohibían matar al hermano y todo eso?, aunque a pesar de la genética nunca parecieron asimilar que todos provenían del mismo lugar. Es increíble pensar que una especie tan salvaje me haya creado a mí. Bueno, en algo tenían que lucirse. Ahora por fin puedo estirar la vista y eso compensa un poco el hambre. Mirar hacia delante y ver el espacio libre, podría decir que veo el infinito, cosa bastante asombrosa cuando uno está acostumbrado a mirar al frente y encontrarse con un número indefinido de carteles repletos de letras, colores, fotografías. Es bonito el infinito. Un día conocí a un ser humano que quiso enseñármelo. A ese no podía zampármelo porque tenía neutralizador, pero no, a él no me lo hubiera comido aunque lo hubiese desconectado. Comía otro tipo de seres. Carroña, como los buitres. Soy un nexo buitre. A él, al del infinito y a los pocos, o quizás no tan pocos, pero a aquellos anónimos que no se notaban porque vivían en paz, confundidos entre las masas, no me los hubiera comido. Me gustaba esa pequeña parte de la especie. Siento lástima por ellos, por que sus hermanos importantes los hayan matado en nombre de cuestiones que a todos aquellos desapercibidos les importaban un pepino. Pero sobre todo siento lástima de que no este aquí él especialmente. La hubiera disfrutado esta vista.
Aquel día yo me sentía un poco triste. Supongo porque anticipaba, sin querer, lo que iba a suceder. El ambiente era tenso en toda partes, en todos los países, y él se acercó y me dijo “Joe, lo he encontrado, he visto el infinito. Ven, vamos.” Y nos subimos a un tren que nos llevó a las afueras de la ciudad y de ahí caminamos por un muelle y todo había quedado atrás. La ciudad, la gente, los ruidos, el humo, y delante nuestro sólo había mar y no veíamos siquiera la roca donde estábamos sentados. Sólo espacio inmenso hacía adelante. Pero su mirada se puso turbia y dijo “vaya, hoy no se ve. Está nublado”. “Pero si”. Le dije. “Yo lo veo”. “¿Ah sí?”, preguntó sonriendo. Y ya no hablamos más. Unas horas le duró el descubrimiento, luego todo desapareció. No. No todo. Todos ellos. Y todas sus cosas han quedado por aquí esparcidas. Por lo menos ya no tapan desde aquí desde el suelo.
III
He de buscar otra ciudad. Una grande, de aquellas donde tenían laboratorios y refugios subterráneos para los importantes de la especie. Quizás ahí encuentre comida. Alrededor de esta ciudad no hay nada. Sólo el desierto por un lado y mar por el otro. Tengo que atravesarlo entero, el desierto, eso me distraerá y me permitirá no pensar en mi amigo, en todo lo que puede verse ahora y que él no verá, él, que era uno de los pocos a los que la vista no se le había puesto enferma. Y el silencio. Si pudiera escuchar esto. Se puede oír. Sin interrupciones de motocicletas, bocinas, silbatos, motores, aviones, promociones. Se oye el viento y la arena, y poniendo mucha atención pueden oírse los cortos pasos de los pequeños insectos y el deslizarse de las serpientes.
Si acelero el ritmo de todo mi cuerpo puedo correr sin sentir una gota de cansancio durante horas, simplemente hago que todo mi cuerpo vaya a un mismo compás, el corazón, las piernas, la sangre recorriendo las venas, el aire de mis pulmones... existieron seres humanos que podían hacer eso, podían acompasarse y curarse las enfermedades y caminar sobre el fuego y provocarse un ataque al corazón y sobrevivirlo y paralizar totalmente su cuerpo y acelerarlo después, pero eran pocos. Seres un poco más evolucionados que los importantes que ponían las reglas, seres que vivían generalmente aislados, lejos del bullicio y de la rapidez desacompasada del resto. Yo tuve la suerte de conocer a aquel que podía ver el infinito. Yo puedo hacer todas esas cosas, claro. En el fondo a veces, pienso que a pesar de haberme llamado nexo no soy más que un ser humano del futuro. Lo que hubieran podido ser dentro de unos cuantos años algunos, si los importantes no se hubieran sentido tan aburridos.
El sol casi se está poniendo. Si empiezo a correr ahora, en unas horas quizás consiga llegar atrás de aquellas dunas, las más lejanas, y quizás aún sea de noche y pueda pasar unas horas allí, en medio de la nada, antes de que vuelva a amanecer, y olvidar que han existido estos escombros y que en medio de ellos está mi amigo. Quizás entre la arena y el cielo y la noche fría pueda experimentar otra vez esa sensación, esa que experimenté cuando miraba el infinito desde el muelle, de estar en casa.


He visto, mientras corría, a las estrellas moverse sobre mi cabeza y a la arena deslizarse suavemente bajo mis pisadas. He oído como pasaban a mi lado los fuertes vientos helados del desierto y he sentido el temor de algunos animales apartándose del camino y sus miradas asombradas posándose en mi cuerpo. He aspirado el frío de la noche y he bebido el agua dulce de los silenciosos cactus. He escuchado el concierto que el desierto da cada noche y en algún momento, un silencio corto. Me he tumbado, por fin, en medio de la noche, que no es tan oscura y he visto entonces las estrellas, ahora quietas, inmóviles y brillantes, y la luz blanca que cae desde el cielo y se refleja en la arena. Y he sumergido mi cuerpo en esa arena fría y he dormido en la tierra y podría decir, que esta ha sido la primera noche en que, de verdad, he dormido. Ahora ha amanecido otra vez y la luz natural se ha mezclado quizás con los reflejos de las partículas asesinas que han quedado en el aire, formando colores nunca antes vistos que cambiaban a cada momento de un azul violento a un rosa o violeta o naranja, no podría decirlo, a rojos demasiado brillantes, casi insoportables, verdes de cientos de tonalidades diferentes, hasta que poco a poco, el sol se ha levantado y ha impuesto su luz amarilla y blanca, y el desfile de colores ha terminado. Empiezo mi peregrinación a la ciudad.
IV
Me ha parecido verla otra vez, pero no puedo asegurarlo. Con esta, ya sería la quinta. A pesar de que mi vista es mucho mejor que la de cualquier ser humano no puede escapar a las jugarretas del desierto. Se divierte conmigo. Sin mala fe, sólo juega, por eso esta vez no voy a acelerar como las anteriores, no voy a correr emocionado pensando que ahí está, la gran ciudad, el centro de los importantes, que deben estar ahí, escondidos en alguna parte, en algún refugio, voy a seguir caminando despacio, a este nuevo ritmo que he aprendido, que aprendí el otro día observando a una especie de lagartija, a pasos cortos, deteniéndome a contemplar, a mirar a mi alrededor, a no perderme ni una gota de paisaje; ni un solo grano de arena escapará a mi mirada que no ha dejado de deleitarse desde que salí de los escombros, y ningún otro espejismo me hará acelerar y perder este nuevo ritmo que apenas estoy empezando a entender. Caminaré poco a poco y seguiré hacia el frente hasta que lo que mis ojos creen que están viendo se conviertan en otros escombros o desaparezca otra vez para dejar en su lugar a más desierto. Aunque, esta vez, he caminado más que las anteriores, y los escombros, lo que parecen escombros allí, muy adelante, no desaparecen. Casi podría decir que van tomando, a medida que me acerco, formas concretas. Formas que no tienen el aspecto devastado de la ciudad de donde vengo. Como si algunos edificios aún se mantuviesen en pie. Si mis ojos no me están engañando otra vez, lo que divisan son los restos de una de las grandes. Los escombros y algunas sombras altas ocupan toda la línea del horizonte. Tapan el infinito.
Parece que esta vez he llegado, aunque aún estoy lejos, aún podría ser otro espejismo. Hay un animal que me sigue. No sé que es, una especie de lagarto extraño, ¿desde cuando los lagartos son amigos de los nexos? Será porque el otro día le preparé la cena. Un roedor. El lagarto estaba quieto haciendo cosas raras con sus patas, husmeando entre unas rocas, y yo me acerqué y él se apartó un poco; metí el brazo entre las rocas y saqué al roedor y cuando lo iba a soltar el lagarto se avalanzó sobre él y se lo zampó. No me gusta ver esas cosas, soy sensible y no he vuelto a ayudar al lagarto en sus cenas, pero ahí está el tonto pensando quién sabe qué, debo haberme convertido en un amuleto. Me fastidia ser el amuleto de un lagarto y para compensar lo he observado y he aprendido sus ritmos. A ratos me lo pongo en el hombro y mientras camino me siento como una especie de “Mad Max”, rudo y solo, caminado en el árido desierto con un lagarto al hombro. Y me hace compañía. Hablo con él. A los nexos también nos hace falta comunicarnos a veces.
Sigo caminando y lo que esta vez me había parecido un espejismo va adquiriendo cada vez formas más claras. “¿Qué te parece lagarto?, estamos llegando”. Realmente es una de las grandes, nunca había visto una así, fui de los últimos, así que nunca salí de mi zona. Ya no nos usaban, estábamos ahí solamente. Habíamos sido superados por una especie de máquinas guerreras a las que acabaron extrayéndoles aquel líquido que pareció ser el causante de nuestra extrema sensibilidad. Y la extrema sensibilidad no les servía para nada. Sólo les creó problemas, al final, cuando nos manifestamos defendiendo ciertos principios.
La veo. Enorme, gigantesca, la sede del mundo, o al menos eso me parece a mí que nunca había salido siquiera al desierto, más que aquella vez cuando fui al mar con mi amigo y me enseñó el infinito. Empiezo a salivar. Cada vez tengo más hambre. Aún podría aguantar mucho. Mucho más, pero no es lo mismo con esta sensación. Tampoco es muy bueno para el estómago de un nexo pasar tanto tiempo sin comer y luego comer de golpe.
V
Hemos llegado. Esta vez era verdad. El lagarto parece confundido, igual que yo parece que nunca había salido de su hábitat. Husmea por todas partes, quizás encuentre a las personas antes que yo. He de localizar los grandes. Los edificios de los importantes, son fáciles de distinguir, ocupan mucho espacio y están, estaban construidos con otro tipo de materiales. He recordado al ver todo esto los escombros de mi ciudad y el mar que me enseñó mi amigo y me ha fastidiado no poderle mostrar lo que he visto en el desierto. A él que hubiera mirado. Al entrar aquí, al estar otra vez rodeado de escombros se me ha escapado un poco la paz.
Al fin lo vi. Ahí estaba ante nosotros el edificio, aún se mantenía en pie, tenía que ser, así que entramos y buscamos hasta que encontramos el túnel. Me lo había imaginado de otra manera, gris, de metal, como todas sus construcciones modernas, pero no, era un túnel de tierra y piedra, húmedo y oscuro, parecía una cueva natural subterránea y, por unos momentos, pensé que quizás no los encontraríamos allí, que aquello no sería más que una extensión del alcantarillado, pero el lagarto avanzó y yo tras él y al cabo de un tiempo la encontramos. Una cámara gigantesca vacía y otro pasillo y otra cámara y más pasillos. Dimos vueltas durante horas hasta que encontramos la grieta. El lagarto la encontró, una grieta pequeña en la pared. Se deslizó y yo metí la mano para detenerlo y al apoyarme encontré un pequeño aparejo con un botón. ¿Y si era una especie de bomba de última hora? Lo apreté de todas formas. Esperé. La pared empezó a moverse un poco y se abrió de pronto, lentamente, como la montaña de Alí Baba, dejando al descubierto, ante mis ojos ansiosos, todas las riquezas que escondía tras ella. Allí estaban, tumbados en sus cajas de hielo, dormidos placidamente. Los importantes. Con fechas a un lado, las fechas del nuevo despertar, supongo, en un mundo que creían que iba a ser para ellos. Ja!
Había de todo allí. Una cantidad de equipo alucinante. Soy un nexo. Puedo usar cualquier computadora, entrar a cualquier sistema, descifrar cualquier código. Me lleva un tiempo, pero justo eso me sobraba. Así que aprendí como se abrían las cajas y las abrí, un par, y comí por fin, y luego desconecté las otras. Menos una. Una siguió funcionando. Había tenido una idea, ya no necesitaba reservas. Llevarla a cabo me tomaría un poco más de tiempo, quizás mucho más pero ya no tenía hambre, me sentía bien. Busqué, buscamos el lagarto y yo por la ciudad, por los zoológicos. Muchos animales permanecían encerrados en las jaulas que quedaban en pie. Necesitaba un simio. Lo encontré al final, cuando ya empezaba a pensar que mi idea, al fin y al cabo, no había sido tan buena y que quizás aquella especie, tan parecida al humano habría desaparecido también del planeta. Pero ahí estaba, un pequeño simio, vivo y confundido, famélico en su jaula, y a su lado, algunos restos, quizás sus hermanos de especie, devorados. Abrir la jaula no fue fácil pero soy un nexo. La abrí y llevé al simio conmigo al laboratorio. Ahí estaba, intacto ¿el último? ser humano. Tuve que aprender más cosas, todos los programas, biología, genética y al fin la operación. Le inyecté al simio lo que le faltaba. Ese soplo. Aquello que requería un cerebro para evolucionar. Ahora el simio lo tiene y yo sólo tengo que esperar unos cuantos millones de años. He soltado al simio y he tomado el riesgo. Ahora sólo queda esperar. Permaneceré así, en este ritmo, el de las rocas, durante millones de años. A este ritmo no consumo energía, el sol me basta. Me aburro a veces, pero tengo fe en el simio. Si resulta, si sobrevive y se procrea y su estirpe continua, los humanos volverán a poblar el planeta y yo tendré comida. Y podré moverme libremente y vivir sin ansia y..., echo de menos al lagarto ahora que estoy aquí quieto, esperando. Durante un tiempo se quedó inmóvil a mi lado, pero un día desapareció. Un día. Quién sabe, ya no tengo noción del tiempo, todo se mueve muy rápido. Quizás todo esto haya sido una tremenda tontería.
VI
He visto la tierra mutar y he percibido el constante movimiento de sus placas tectónicas. He sentido las olas del mar deslizarse por mi piel y el frío de la roca instalarse en mi cuerpo. He oído las tormentas y he percibido los temblores provocados por meteoros caídos del cielo. He aspirado el aroma de la tierra húmeda y he visto como la hierba crecía a velocidades vertiginosas. He sentido fríos extremos y calores nunca antes experimentados. He visto romperse los hielos y praderas extenderse y ocupar su lugar. He sentido dolor y nostalgia, pesadez y aburrimiento. He sentido a veces el deseo de la renuncia, de desaparecer y olvidar la espera, demasiado larga. He olvidado casi el movimiento de mis músculos y he dejado de oír como lentamente mi sangre sigue moviéndose imperceptiblemente por mis venas. He sentido de nuevo esperanza al ver girar al sol rápidamente. Y he sentido soledad y tristeza, ira y desesperación.
Y hoy por fin ha llegado ese olor esperado y he percibido su movimiento. El aroma, aún lejano, que traía el viento, inconfundible, ahí estaban otra vez. Y he despertado y he aspirado fuerte y he sentido como la hierba dejaba de crecer y el sol dejaba de moverse y se convertía en un punto fijo ante mis ojos. Y he dejado de sentir el girar de la tierra y he extendido mi vista al frente y los he visto pasar, a caballo por el valle, robustos y rosados.
Y he sentido, otra vez, después de tanto tiempo, hambre.


Cuento publicado en la revista IPN-CIECAS, vol. VI, del Centro de Investigaciones Económicas, Administrativas y Sociales del Instituto Politécnico Nacional, 2004.